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Marlango en el bello Liceu

Seguramente el pasado martes no fuera el mejor día, precisamente, para ir de concierto. Como decía Alejandro, el pianista de Marlango, en uno de sus hilarantes circunloquios, "¿quién va a ir a ver a Marlango al Liceo el mismo día que juega el Barça la Champions o teniendo la programación televisiva tan atractiva que tenemos?". 

Captura en alta definición o casi

Pues aquí uno de los presentes en el concierto. Y bien cerquita de ellos, tanto que a poco que hubiera estirado los brazos hubiera podido hacer de pianista durante un rato (Leonor no me quedaba tan a mano).

No soy un gran fan de Marlango pero sí despierta mi curiosidad. La sorprendente voz de Leonor Watling (todo un chorro de voz), junto a un excelente acompañamiento en la instrumentación (batería, guitarra, bajo, trompeta y piano), un sonido limpio y sin distorsiones, y el simplemente espectacular Liceo, al que yo visitaba por primera vez esa noche y del que me ha quedado muy buen recuerdo, pues no puedo decir más que me alegro de haber optado por un plan alternativo al fútbol. A ver si consigo, ya puestos, a recuperar la inercia de los 'directos', que ahora los tenía algo olvidados.

El concierto empezó con el telonero Aaron Thomas. Guitarra en mano y la compañía de Rebeca Lander, este australiano afincado en Madrid desde hace cuatro años -según me pareció entender que decía tímidamente entre canción y canción- me sorprendió gratamente con su rollito folkero-minimalista que tanto me gusta. De hecho las siguientes escuchas que haga, ya en casa, tranquilamente, van a ser de alguno de sus dos discos publicados hasta la fecha. Seguro que te suena su voz...

Marlango no tardó demasiadas canciones en aparecer. Aaron y Rebeca les abrieron paso muy dignamente y no pasó más de media hora cuando las luces se apagaron y la música de Marlango empezó a sonar. 

Ella, Leonor, apareció la última de entre la oscuridad, con un vestido granate que llegaba hasta el suelo y dejaba entrever claramente su ropa interior verde, al menos del tronco superior. No sé si para su estilista aquel no fue el mejor día de su vida o simplemente ella venía directamente de la playa (la de la Barceloneta le quedaba bien cerca, así que no me extrañaría aunque no eran horas) y alguien le dijo: "corre, que hoy cantas, ponte algo, ponte esto rojo!". 

Quiźas alguno se preguntará qué tiene que ver el vestido con la música... Cuando yo tenía unos pocos añitos menos y comparaba la velocidad con el tocino, como elementos contrapuestos, alguno siempre me soltaba: "una carrera de cerditos"., y me callaba. Pues eso.

Por mi ubicación respecto al escenario quizás no podía disfrutar plenamente de la voz de Leonor. Puede ser, incluso, que el piano y la trompeta también pasaran más desapercibidos por la misma razón: digamos que esa musicalidad empujaba hacia adelante, hacia las primeras filas de la platea, mientras que yo andaba por las alturas percibiendo con gran intensidad el sonido de la guitarra, bajo y de la batería.

El subconsciente trajo a mi mente el sonido Grado de la guitarra y el impacto de la percusión en el K702. Fue como un reencuentro musical con mis gadgets. Como una toma de temperatura para saber cuál se acercaba más al sonido en directo, quizás real, menos sibilante y más fresco. 

Reconozco que en algún momento se me iba la mirada hacia los auriculares a medida que llevaban todos los componentes del grupo y me descentraba buscando similitudes entre los matices musicales del directo y mis auriculares. Cuando recuperaba mi estado de consciencia me decía: "has venido a disfrutar del concierto así que para de analizar todo". Y así me quedaba más tranquilo.

Bueno, pues volviendo al concierto en si mismo, me gustó mucho lo bien que sonaba todo en aquel estupendo Liceo. Incluso en alguna ocasión me pareció ver a Leonor alzando su mirada, como recorriendo cada uno de los recovecos del teatro sin saber muy bien si de lo que estaba era maravillada de ver todo el aforo lleno, si el mismo recinto le había encandilado completamente o las dos cosas al mismo tiempo. Como cuando te retratas ante algo realmente impresionante y sales un poco con cara de bobo, sobrepasado de la impresión como diciendo: "¡Dios, mío, qué bello, ésto es alucinante!".

Creo que en algún momento Leonor tuvo exactamente esa sensación. Alejandro, incluso, pidió foco para el público, como queriendo impregnarse de ese instante para seguir, unos segundos después, con su actuación. Como si el hecho de actuar allí ya les acercara mucho más al estrellato aunque sus pies, lejos de flotar entre las nubes, en el suelo siguieran clavados.

Tocaron varios temas del nuevo disco y de los anteriores, cómo no. También sonó el "Maybe" que alguien desde el palco acompañó, a grita voz, de un sonoro: "¡temazo!" que todo el mundo oyó. Quien lo dijo, delante mío se sentó.

Sonó una versión del "No mires a los ojos de la gente", de Golpes Bajos; algunos temas más rockeros del nuevo disco y para acabar la actuación, entró nuevamente Rebeca y Aaron para cerrar la actuación. No estuvo nada mal.

Sólo una cosa le reprocharía a Marlango: le falta algo de 'vidilla' en el escenario. Buscar un poco más la participación del público, interactuar, para no dejar margen de dudas de que siempre debería ser mejor ir al concierto, por las sorpresas que te puedes encontrar, porque realmente lo vas a disfrutar, que quedarte en casa escuchando su disco. 

Espero que las giras y los años batallando en la escena musical les curtan como para dominar absolutamente el escenario, sin miedo, con seguridad y disfrutando, incluso ellos mismos allí arriba, de su propio espectáculo. Música buena desde luego que saben hacer.

[Actualización, 23/04/2010]

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